domingo, 26 de noviembre de 2017

BESOS

No sé ustedes, pero yo me hago un lío con el fundamental asunto de los besos. Y no me refiero al romántico beso de amor entre dos enamorados, que ese lo tengo clarísimo, sino al beso como forma de saludo y de rito social, sujeto a unas pautas más o menos claras, que cambian según el lugar y la época en que se producen y la generación a la que cada cual pertenece.
         En mi generación, por lo pronto, y en el medio sociocultural en el que suelo moverme la mayor parte del tiempo, los chicos también se saludan entre ellos dándose un par de besos en la mejilla, mientras que los hombres de la edad de mi padre preferirían dejarse cortar a lonchitas finas, o ser sometidos a cualquier otra forma de refinada crueldad, antes que besar las mejillas de otro caballero, aunque estén bien afeitadas. Ellos se limitan a darse la mano con un apretón más o menos caluroso y tienen que contentarse con besar a las mujeres, no ya en la mano, pues ese tipo de saludo ha pasado ya a la historia, como las máquinas de escribir, la pluma de ganso y el corsé de ballenas, sino en las mejillas. Una vez, después de ver en un telediario a Breznev besándose en los labios con no recuerdo ya qué otro jefe de estado extranjero que se hallaba de visita oficial en la Unión Soviética, mi abuelo me confesó, todavía afectado por la chocante imagen, que se alegraba de ser un hombre humilde y anónimo, con una vida más o menos gris, sin poder y con un sueldo modesto, con tal de no tener que besar en los morros a Breznev ni, a decir verdad, a ningún otro caballero. Y lo cierto es que lo dijo con una sinceridad que me pareció desgarradora.

Sin haber pasado nunca por situaciones tan extremas, confieso que me he visto envuelta en no pocas escenas embarazosas, pues las modalidades de beso no sólo son harto variadas, sino que además, el número de besos cambia en función del lugar donde uno se encuentre. En España, por fortuna, aunque en las distintas comunidades hablemos lenguas  distintas, nos hemos puesto de acuerdo en el fundamental asunto del beso y damos siempre dos, uno en cada mejilla, no importa si estás en Galicia, en Castilla o en el desierto de Almería. En Francia, en cambio, la cosa es bastante más complicada, pues en algunas regiones el número de besos asciende hasta cuatro, quizá porque en el país del Amour en mayúsculas se tiende, por pura coherencia, a dedicar una atención suplementaria incluso al beso puramente social. El problema es que en ciertas regiones de Francia, el número de besos asciende tan sólo a tres (¿a quién se le ocurre dar un número impar de besos a sus semejantes?) y en otras únicamente a dos. De ahí que en Francia uno corra el peligro permanente de meter la pata y quedar como un idiota que jamás atina con el número correcto de besos. Me dirán que siempre cabe la posibilidad de tender prudentemente la mano al congénere de turno para evitar esos grotescos malentendidos en los que muchas veces acabas dándote por error un coscorrón o un beso en cualquier parte inconveniente de la cara. Pero estoy convencida de que las cosas distan de ser tan fáciles, pues si tiendes la mano a alguien a quien acaban de presentarte y que se disponía a darte un beso, o que incluso ha hecho ya ademán de ir a besarte, es posible que la persona en cuestión te considere un ser frío, estúpido y distante y ya nada de lo que luego puedas hacer o decir lo haga cambiar de opinión. ¿Cuántas relaciones que podrían haber sido cordiales y provechosas, cuando no directamente entusiastas o apasionadas, se habrán arruinado justo en los compases iniciales porque alguien cometió un fatídico error al elegir la forma de saludo? Así que ya saben: besar o no besar, he ahí la cuestión.

jueves, 12 de octubre de 2017

COSAS QUE YA NO EXISTEN

La España contemporánea no podría ser más distinta de la que yo conocí en mi lejana infancia, allá por los pintorescos años sesenta y setenta. Tanto es así que hay cosas que sencillamente han desaparecido del mapa para siempre jamás.
Una de las cosas que más añoro son los gorros de baño que usaban cuando yo era pequeña las mujeres de cierta edad para bañarse en el mar o en la piscina, porque llevaban peinados primorosamente crepados, obras maestras de la ingeniería capilar, y por nada del mundo habrían sumergido el pelo en el mar. Nada que ver con los funcionales gorritos que se ponen los nadadores de competición. Aquellos gorros de goma de mi infancia eran el equivalente de los sombreros de la reina de Inglaterra, pues estaban cubiertos de todo tipo de complicados adornos, generalmente florales, aunque vistos desde lejos también tenían algo de casco de guerrero. Una tía abuela mía tenía varios modelos, a cual más espantoso, aunque ella se creía una reina de la elegancia cada vez que se metía en el mar, con su cabeza embutida en uno de aquellos impresionantes artefactos. A mí también me encantaban aquellos gorros, y me los encasquetaba siempre que quería sentirme mayor e imitar a los adultos. Ahora daría lo que fuera por encontrar uno y ponérmelo en alguna playa abarrotada cuando tenga ganas de no pasar desapercibida pero, lamentablemente, no los he encontrado ni en los mercadillos de segunda mano.
Otro de los animales en vías de extinción son las fajas de cuerpo entero, por lo general de ese espantoso color llamado «carne», aunque por suerte ningún ser humano tiene esa tonalidad de piel. Pese a que recuerdan un instrumento de tortura, las mujeres de la época, con mi madre a la cabeza, no dudaban en embutirse en ellas, lo que implicaba comprimir cruelmente sus carnes para lucir mejor tipo. Popularmente se las conocía como «frenapasiones», pues no sólo eran de una fealdad estremecedora, sino que ponérselas y, sobre todo, quitárselas era una tarea larga y heroica que podía desanimar al amante más apasionado. El día en que, hace unos años, vi que mi madre ya no usaba faja en su vida cotidiana, comprendí, no sin cierta tristeza, que yo ya había ingresado en las filas de las mujeres con pasado.
Lo que casi nadie echa en falta es el luto. La costumbre de que toda la familia vistiera de negro durante años cuando un miembro de ella fallecía era toda una institución. Y también una tragedia para las mujeres jóvenes de la familia enlutada, que no sólo debían vestir de riguroso negro, sino que no podían asistir a fiestas ni entregarse a frivolidades como dejarse cortejar por un admirador, de modo que sus vidas, tal y como lo refleja Federico García Lorca en La casa de Bernarda Alba, quedaban en suspenso. De ahí que la generación de mi madre no pueda entender como a sus hijos nos gusta tanto vestirnos de negro.
Claro que a veces el pasado hace de las suyas. Me hallaba yo hace unos años en Madrid, deambulando tranquilamente por el paseo de la Castellana, cuando de pronto, centenares de ovejas pasaron por allí con sus pastores (como en la soberbia foto publicada en el número de Ecos de septiembre) y convirtieron el paisaje urbano en algo absolutamente surrealista, con música ensordecedora de cencerros y balidos. Yo ignoraba que, en la fiesta de la trashumancia, que recuerda la época de las cañadas reales, que eran vías reservadas al paso del ganado, las ovejas recorren masivamente las calles de la capital, como una regurgitación de ese pasado que creíamos muerto y enterrado, pero que a veces regresa, como un fantasma juguetón, para dejarnos pasmados y con la boca abierta de pura y deliciosa perplejidad.



Mercedes Abad    

jueves, 28 de septiembre de 2017

RENIEGOS

Ian Gibson, conocido hispanista de origen irlandés que reside desde hace años en España y nos conoce mejor que nosotros mismos, dijo el otro día en la radio que no hay reniegos como los españoles. Luego contó que se quedó perplejo la primera vez que oyó exclamar a alguien: «Me cago en la hostia de canto». «Por qué de canto», preguntó pasmado. «Pues porque así se ensucia por los dos lados», fue la respuesta que obtuvo.
            Yo creo que Gibson tiene más razón que un santo. Si pienso en mi infancia, no tengo más remedio que admitir que los españoles somos muy mal hablados y sin duda ganaríamos un campeonato mundial de reniegos. Mi abuelo paterno, un hombre que por otra parte iba a misa casi todas las semanas, soltaba unas blasfemias que me dejaban sin habla. En mi recuerdo, su favorita era: «Me cago en el gran copón», aunque mi hermano sostiene que lo que decía era: «Me cago en el copón bendito». En cualquier caso, parece que, de pequeña, yo andaba muy preocupada con este asunto y que un día la familia estalló en risotadas cuando yo pregunté: «Mamá, ¿y quién va a limpiar el gran copón?»
            Mi padre heredó de mi abuelo la tendencia al reniego. Cada vez que se irritaba, el santoral recibía nuevas y expresivas andanadas. San Cristóbal, antaño patrón de los camioneros y ahora de todos los conductores, era una de sus víctimas favoritas, ignoro por qué misteriosas razones. Pero el reniego que con mayor frecuencia decía cuando se enfadaba era: «Me cago en la leche». Tanto es así que, fatalmente, llegó el trágico día en que una de mis sobrinas, que aún  no tendría ni dos años pero que, para gran regocijo mío, ya hablaba casi sin errores la lengua castellana, empezó a soltarlo a todas horas, tan encantada con su adquisición lingüística como si se tratara de un juguete nuevo que hay que enseñar a todas las visitas. Cuando mi madre se dio cuenta, puso el grito en el cielo. Y, por supuesto, tomó rápidas e ingeniosas medidas, como un jefe de estado ante una emergencia: convenció a la niña, con un buen lavado de cerebro, de que había oído mal las palabras del abuelito, y que lo que éste en realidad decía era: «Me acabo la leche». Mi madre tuvo éxito con la niña, que aún estaba en la edad de la credulidad pero, durante una buena temporada, en mi familia nos pasamos la vida exclamando a menudo entre risitas y miraditas de complicidad: «¡Me acabo la leche!», lo que hacía que nuestros conocidos pensaran que estábamos mucho más chalados de lo que en realidad estamos.

Una amiga alemana, que como Gibson vive en España desde hace siglos, me contó que, cuando llegó al pueblecito de los Pirineos catalanes donde residió algún tiempo, le sorprendió la forma de saludarse de la gente. «¡Hijo de puta!», le dijo un hombre a otro al encontrarse en el bar. Mi amiga se apartó de ellos inmediatamente, porque, según contó, en Alemania, cuando alguien dice algo así, le parten la cara, de modo que ella pensó que aquello era el principio de una pelea en la que volarían los vasos, las sillas y las bofetadas. Sin embargo, para su gran sorpresa, los dos hombres se dieron un abrazo y se pusieron a charlar tan tranquilos. Mi amiga aún no sabía que, además de renegar, los españoles a veces insultamos como forma de de demostrar un profundo cariño.

BENDITO GPS

Permítanme embarcarme en un recuerdo infantil. Mis padres no solían discutir delante de nosotros, sus tiernos retoños. Pero había una excepción. Cuando los domingos íbamos de excursión, nunca se ponían de acuerdo en la dirección que debíamos seguir para alcanzar nuestro destino y entonces empezaba indefectiblemente la gran discusión conyugal. Así, por ejemplo, al llegar a determinado cruce, si mi madre decía que había que tomar a la izquierda, mi padre decía que ni hablar y giraba a la derecha o seguía recto y a mi madre le daba muchísima rabia. Y, cuando nos perdíamos, cosa que sucedía con perversa frecuencia, empezaba el festival de amargos reproches. «¿Ves?, ya te lo he dicho; ¿por qué nunca me haces caso? Por tu culpa siempre nos perdemos y venga a dar vueltas como tontos». La fase de mutuos reproches no duraba mucho, pero lo que venía después era casi peor porque entonces viajábamos en medio de un malhumorado silencio que estropeaba buena parte del placer de la excursión dominical. Y, además, en aquel estado de ánimo mis padres nos pegaban la bronca por cualquier cosa. De modo que, cuando llegábamos, los únicos hartos no eran mis padres, sino también nosotros. Después de dar vueltas y más vueltas, perdidos y con las eternas discusiones acerca de si había que ir a la derecha o a la izquierda, con mi madre que siempre quería preguntar la dirección a algún transeúnte y mi padre que se negaba a preguntar, nunca he entendido por qué, y los largos silencios hostiles, los niños llegábamos fatigados, sedientos, hambrientos y con unas ganas horribles de hacer pipí de una vez.
            Supongo que fue entonces cuando me juré a mí misma que jamás discutiría con el hombre de mis sueños por tonterías de ese tipo. En la vida no siempre es fácil saber lo que uno quiere. En cambio, casi todo el mundo tiene muy claro qué es lo que no quiere. Sin embargo, me avergüenza confesar que no cumplí mi promesa. A mi marido y a mí nos encanta viajar, pero llegar en coche a una ciudad desconocida  siempre ha sido un momento de gran peligro y tensión, capaz de poner a prueba el amor más incondicional y al enamorado más apacible y paciente. «Por aquí». «No, por allá». «Pero, ¿qué dices?, ¿no ves que es por allí?». «¡Pero si acabo de ver un cartel que dice que es por allá!» «¡Pues habérmelo dicho antes, caramba!». Entre la discusión y el estrés del tráfico, siempre conseguíamos llegar al hotel medio peleados y enfurruñados y casi arrepentidos de haber dejado el hogar, dulce hogar. Y tardábamos un buen rato en volver a disfrutar del placer del viaje.
            Pero eso fue hasta la invención del GPS, que son las siglas con las que se conoce el sistema de posicionamiento global inventado para el Departamento de Defensa de los Estados Unidos por Getting y Parkinson, dos científicos que destacaron durante la guerra fría y a quienes todas las parejas deberíamos hacerles un monumento en señal de eterno agradecimiento, pues pocos seres humanos hay en este valle de lágrimas y amargas discusiones que hayan hecho tanto por la paz conyugal y la felicidad de los viajeros. No sólo ya no nos perdemos, en auto o a pie, ni discutimos por la dirección correcta, ni llegamos enfadados a nuestro destino sino que, guiados por la voz suavemente autoritaria del GPS, que tiene algo de niñera de adultos, ya no tenemos que estropearnos la poca vista que nos queda buscando calles y carreteras en los mapas, con lupa y a la luz de las farolas o de los faros del coche.      


martes, 1 de marzo de 2016

BALADA DEL AMA DE CASA

Cómo me gusta limpiar
y dejarlo todo
como los chorros del oro.
Mamparas resplandecientes
sin rastro de goterones,
superficies primorosas,
espejos relucientes
y suelos impolutos
sobre los que el gourmet
más exigente
vendría a merendar.

Me pirra erradicar
las bolas de pelusa
que moran en los rincones
y detrás de las puertas
y sólo salen de sus guaridas
cuando hay corriente de aire.
Entonces, las muy putas
hacen competiciones
para ver cuál corre más
y cuál llega más lejos
en su afán de ver mundo.
Por suerte yo estoy ahí
frenando sus ambiciones.

Aunque recoger pelos
con la única herramienta
de mis propios deditos
es entre todas mis cruzadas
la más gratificante
porque no se acaba nunca.
Recoges uno, recoges dos,
pelo a pelo, y otro más,
con absoluto fervor
y dedos temblorosos
de la más pura emoción
y en ese preciso instante,
de tu larga melena
otro pelo se escapa
más largo y grueso aún.

Heroica como Sísifo,
(¿Qué digo?
Sísifo a mi lado
era un aprendiz.)
armada de bayetas,
escobas y piruletas,
cubos, mochos y esponjas,
estropajos, cepillos
y tóxicos detergentes
fatalmente adictivos,
cuyas emanaciones
me embriagan un poco,
escruto mi nuevo piso
mi suelo nuevo
mis baldosas y mis puertas nuevas
mis espejitos nuevos
mis pilas nuevecitas
mis cristaleras nuevas
con todo ese paisaje
que se despliega detrás y
que un atisbo de mugre
podría contaminar
atenta a la menor mácula,
ferozmente feliz al descubrir
una miga, una mancha,
un goterón, una pelusa, un hilo,
un bicho despanzurrado
contra una ventana,
un cerco de grasa
en una superficie
o un pegajoso resto
de comida
en el suelo de la cocina.

Cuando no sé qué hacer,
cuando empiezo a aburrirme
o cuando mis pensamientos
son la peor tortura,
no hay nada como lanzarme,
papel de cocina en mano
y una dosis generosa
del bueno de Vitroclen
(Power Cream,
único recomendado
por Balay y por Siemens,
AEG, Teka y Bosch),
a limpiar la vitrocerámica
frotando y restregando
y volviendo a frotar
con energía y pasión.

Sí, sí, ríanse
mientras puedan
de mis vicisitudes,
adictos del futuro.
Yo también me burlaba
sin el menor recato
de las neurasténicas devotas
de la escoba y el mocho,
pero desde que he estrenado piso,
tan flamante y tan nuevo
tan en primera línea,
tan requete tan tan,
el Tenn y el KH7,
el Viakal y el Glassex
son mis aliados
y limpiando exulto
y briosamente corro
sin corcel y sin potra
ni nardos ni caracolas
tras una mota de polvo
y, si caigo en depresión,
en vez de ir al psiquiatra,
agito mis dos plumeros

y vuelvo a levitar.

jueves, 16 de julio de 2015

CUANDO NADIE NOS VE

No hay duda de que somos animales sociales. La especie humana, desde el hombre de las cavernas al ciudadano tecnológico de hoy en día, necesita a su amado prójimo para mil y una cosas, tanto para construir piedra a piedra una catedral gótica, una pirámide o un rascacielos como para relajarse después de la dura jornada laboral tomando una cervecita, jugando una partida de cartas, comentando las incidencias del día con los amigos o disfrutando de una estimulante sesión de gimnasia erótica en buena compañía.
         Contemplados en grupo, somos formidables: seres esencialmente comunicativos y llenos de ingenio y curiosidad que han inventado sistemas muy complejos y admirables para satisfacer una necesidad básica de contarse cosas: ahí están las lenguas, los libros, el teléfono móvil, la música y el arte, los periódicos, la radio, el cine, Internet, las redes sociales y la televisión. Y más cosas que me dejo para no fatigar a los lectores con un inventario interminable.
         Sin embargo, fatalmente llega el momento en que los otros desaparecen del escenario de nuestra vida cotidiana o nos escabullimos nosotros y, al quedarnos solos, nos quitamos las máscaras que hemos utilizado para seducir, convencer o dominar a nuestros semejantes. De regreso a su hogar, la mujer más seductora del mundo se quita el maquillaje, se aplica una mascarilla verde en la cara que la hace parecer un monstruo procedente de un remoto planeta, se coloca rulos en el pelo y, tras despojarse de sus voluptuosas ropas, se pone una bata y unas zapatillas y luego se echa en el sofá a ver cualquier tontería en la televisión. Viéndola así, cuesta creer que acapare las portadas de las mejores revistas y que le paguen auténticas fortunas por asistir a fiestas y por anunciar tal o cual producto. Es más: podría quitarle a alguien el hipo de un susto morrocotudo. Entretanto, un poderoso magnate regresa a su casa después de un agotador viaje en la primera clase de un avión intercontinental. Como la mujer más bella del mundo, está solo en su casa. Se prepara un relajante baño de burbujas y, una vez en el agua, hace por fin lo que lleva un buen rato deseando pero, rodeado de gente, no se ha atrevido a hacer: hurgarse la nariz. Lo hace con tal entrega y abandono, con tal seriedad y tan apasionada dedicación, que habría que ser un monstruo sin corazón y sin entrañas para no conmoverse al cazarlo en un gesto tan humano. Pero la bella y el magnate no son los únicos que están a solas y se han quitado sus amables y civilizadas máscaras de animales sociales. También el gastrónomo o el cocinero de élite, a solas en sus cocinas, se hacen un vulgar bocadillo de sardinas en lata o un par de huevos fritos que comen con ruidosa ansiedad, engullendo como jamás lo harían en presencia de sus congéneres. Para no ser menos que ellos, el ser más espiritual y delicado del mundo, que lee tumbado en la cama poemas de Rainer Maria Rilke o quizá algún sesudo ensayo de un filósofo, se tira un pedito y aspira el olor con la misma fruición que si fuera el nuevo perfume de algún diseñador. ¿Por qué no? Al fin y al cabo, está solo y nadie se ve obligado a soportar su ventosidad.
Quizá sea ese el precio de vivir en sociedad. Llevar una máscara educada y respetable resulta cansado a muy corto plazo y de vez en cuando todos necesitamos batirnos en retirada y cortar nuestra relación con el resto del mundo. Ahí, metidos en nuestras trincheras, a solas con nosotros mismos y sin incómodos testigos, todos gozamos del sencillo placer de hacer ciertas cosas que jamás haríamos en presencia de nadie, desde eructar a rascarnos de forma inconveniente o mirarnos al espejo de frente y de perfil escondiendo la barriga. Y el que diga que no, no es más que un mentiroso.

Mercedes Abad 

domingo, 7 de junio de 2015

APLAUSOS

Hay gestos cotidianos que todos hemos repetido centenares de veces a lo largo de nuestras vidas y que, sin embargo, conservan cierto hálito de misterio. El aplauso, por ejemplo. ¿Quién sería y en qué situación se encontraría el primero que palmeó sus manos para manifestar su alegría? Todos sabemos que los griegos ya aplaudían para mostrar su aprobación a una obra de teatro y que el emperador Nerón había llegado a contratar a 5000 personas para que aplaudieran sus intervenciones públicas. Durante un tiempo, también en las iglesias cristianas la congregación agitaba sus ropas para aclamar los sermones y, en pleno siglo XX, los teatros aún contrataban personas que, repartidas estratégicamente por la sala, aplaudían para animar al resto del público a unirse a ellos. Pero, ¿aplaudían ya los mujeres y los niños de las cavernas para mostrar su regocijo cuando los hombres cachas de la tribu aparecían con algún animal recién cazado que aseguraba la subsistencia durante unos cuantos días? ¿O bien tan sólo empezaron a aplaudir después de probar el primer bocado del nutritivo y suculento plato que la abuelita cocinaba con la pieza cazada? A mí me gusta imaginar que quizá el primer aplauso, y la primera ovación, surgió cuando algunos de los cazadores, el más dotado para la palabra o el más histriónico, se animó a relatar después de la cena, en la sobremesa, la emocionante cacería y cautivó a sus oyentes, que prorrumpieron en un aplauso clamoroso.
         Sea como fuere, no hay más que ver a los bebés y los chimpancés dando alegres palmadas con absoluta espontaneidad para darse cuenta de que el aplauso es una de nuestras costumbres más primitivas y antiguas. Pero si aplaudir es una necesidad fundamental de ciertos animales, el afán de que lo aplaudan a uno puede convertirse en un deseo obsesivo que impulsa a algunos a cometer las mayores audacias y las mayores locuras. ¿Qué no habrá hecho la humanidad para conseguir un poco de aplauso? Yo sospecho, en realidad, que las más excelsas de nuestras creaciones y nuestros más importantes descubrimientos tenían por objetivo último y a menudo inconfesable, por obvio e infantil, escuchar ese ruido que quizá sea la música más embriagadora de cuantas produce el universo. Ya lo decía Jaime Gil de Biedma en su magistral poema No volveré a ser joven: “Como todos los jóvenes/ yo vine a llevarme la vida por delante/ Dejar huella quería/ y marcharme entre aplausos”.
         En ese sentido, los políticos, los músicos, los actores y algunos pilotos de aviación nos llevan la ventaja al resto de los mortales, pues ellos son los únicos a quienes se aplaude al término de su actuación. Los demás tenemos que contentarnos con aplausos metafóricos. Claro que en España subsiste la costumbre de hacer regalos a ciertos profesionales. Los médicos, por ejemplo, reciben por Navidad montones de regalos, entre los cuales destaca el jamón, que es una versión quizá más materialista y sabrosa del aplauso, pero que a diferencia de éste, no sólo engorda el ego y la vanidad, sino también el cuerpo mortal, que luego debe flagelarse con crueles dietas para recuperar la cintura.
         Consolémonos pensando que quienes disfrutan a menudo la embriaguez del aplauso también corren el peligro de sufrir el abucheo, los silbidos de rechifla y el lanzamiento vejatorio de objetos diversos, desde tomates a huevos pasando por los diferentes tipos de hortalizas y frutas, sin olvidar el pastel de nata o de merengue o, más recientemente, el lanzamiento de zapatos. Porque, como señala el dicho popular, siempre nos quedará el derecho al pataleo.


Mercedes Abad  

domingo, 1 de marzo de 2015

ORIGINALIDAD

Yo siempre me he considerado una persona única, capaz de producir ideas maravillosamente originales. Pero sospecho que no soy la única. Seguro que también usted, querido lector, se tiene a sí mismo por alguien único y original. Es más: estoy convencida de que el 99,9% de los seres que hemos pisado este planeta a lo largo de la historia de la humanidad creemos (aunque en público lo neguemos) que somos únicos y originales.
            Por eso, cuando dos mujeres que se cruzan casualmente por la calle o, peor aún, en la alfombra roja de los Oscar de Hollywood, descubren que llevan el mismo vestido, aunque ambas tengan un gran sentido del humor, lo más probable es que a las dos les fastidie la coincidencia. Seguro que disimulan el fastidio con una sonrisa de circunstancias, sobre todo si son actrices, pero la primera reacción, la auténtica, sin duda será de disgusto. Lo mismo sucedería con dos caballeros que en el gimnasio descubrieran que llevan el mismo tatuaje en el mismo lugar. Uno pretende ofrecer al mundo una imagen singular y resulta que no es ni mucho menos el único, qué disgusto.
            Así las cosas, a nadie debe sorprender mucho lo que a continuación contaré.
A veces es muy difícil poner título a un libro, y más aún si es un libro de cuentos, porque entre los títulos individuales de los cuentos no siempre hay uno que sea lo bastante representativo de todo el volumen y lo bastante «sonoro» y atractivo como para emplearlo para el libro entero. Según mi experiencia, o bien el título del libro está claro desde el principio, o bien cuesta un montón de noches de insomnio, y no pocas discusiones con el editor, encontrar un buen título. Pero ya desde antes de empezar a escribir mi último libro, cuando aún no sabía si serían cuentos o una novela, tenía clarísimo el título: La niña gorda. En realidad, era lo único que tenía muy claro. Tan claro lo tenía que ni siquiera lo mantuve en secreto. No sólo me parecía un título único y original, sino perfecto para mi libro, que no podía haberse titulado de ninguna otra manera. Ni siquiera me preocupaba que alguien pudiera plagiármelo porque me parecía que el único libro capaz de responder a las expectativas sugeridas por el título era, por supuesto, el mío.
            Tan íntimamente convencida estaba de la originalidad de mi título que en ningún momento se me ocurrió buscarlo por Internet, por si acaso alguien lo hubiera utilizado antes. Tampoco a mi  representante ni a mi editor se les ocurrió hacerlo. Imaginen mi sorpresa cuando, hace unas semanas, descubrí por casualidad, como se hacen la mayor parte de los descubrimientos, que Santiago Rusiñol, un pintor y escritor nacido como yo en Barcelona y muy conocido en Cataluña, había escrito una novela titulada La niña gorda… ¡en 1914! Nada más ni nada menos que cien años antes de la publicación de mi libro. Me quedé petrificada, con la sangre helada en las venas. Y aún ahora no puedo dejar de preguntarme: si un título como ese, que tan indiscutiblemente mío me parecía, se lo he copiado a otro sin saberlo, ¿cuántas de nuestras ideas supuestamente originales son nuestras de verdad? ¿Hacemos algo más que quitar el polvo de ideas producidas por otros hace mucho tiempo y presentarlas, ilusos de nosotros, como si fueran recién nacidas, y nosotros sus orgullosos papás?
            Por suerte los herederos de Santiago Rusiñol, o bien no se han enterado de mi plagio involuntario, o bien no han querido denunciarme. ¿O es que acaso Santiago Rusiñol tenía dotes de vidente y fue él quien, mirando en su bola de cristal, vio que justo cien años después una mujer publicaría un libro titulado La niña gorda y fue él quien me robó el título a mí? Quédense ustedes con la opción que más les guste, pero yo, que detestaría tener al fantasma de Rusiñol enfadado conmigo y haciéndome Poltergeist, me voy ahora mismo a poner flores en su tumba. Aunque sólo sea por la lección que me ha dado sobre mi originalidad.


Mercedes Abad  

martes, 16 de septiembre de 2014

Momentos inolvidables

El verano y las vacaciones suelen ser ricos en momentos inolvidables. Pasado el tiempo, esos momentos se convertirán en las estrellas de Hollywood de nuestra memoria, pues también en nuestros recuerdos existen clases sociales. Nuestro pasado está lleno de momentos pobres, cutres, mezquinos, miserables o directamente espantosos, que tratamos de olvidar a toda costa, y momentos magníficos, estelares, luminosos: momentos vestidos de Chanel o de Yves Saint Laurent que pasean su encanto y su glamur por la alfombra roja del Festival de la Memoria.
         Todos atesoramos esa clase de instantes mágicos y aunque es obvio que no todos suceden en verano, pues por suerte la felicidad puede atacarte por sorpresa en cualquier momento del año, las vacaciones parecen el momento más propicio del año para cosecharlos. Ociosos y relajados, en lugar de quedarnos dormidos frente a la televisión a las diez de la noche porque el trabajo nos ha dejado agotados, nos paseamos a medianoche bajo un cielo estrellado contando estrellas fugaces que parecen atravesar el firmamento sólo para nosotros. O vemos salir del mar una luna roja como la sangre desde la azotea de un hotel en Estambul. O nos bañamos a medianoche, completamente desnudos, en un mar liso como un espejo y luego corremos chillando de felicidad por la arena como si tuviéramos cinco años. O nos tomamos un cóctel mirando una puesta de sol como si fuera la primera vez en nuestra vida que vemos una puesta de sol. O nos entregamos a una lectura fascinante, suavemente mecidos por la oscilación de una hamaca. O descubrimos un pequeño y encantador restaurante lejos del mundanal ruido, hincado en lo alto de un acantilado o bajo la deliciosa sombra de una parra, y allí, entre el paisaje y la compañía, el vino y la comida, alcanzamos niveles casi insoportables de felicidad y nos preguntamos por qué diablos no ha de ser siempre así nuestra vida.
         A esos momentos los llamo yo Terapia de Belleza. No importa que nos hayamos ido a la otra punta del mundo y hayamos pagado una pequeña fortuna por encontrarnos allí o estemos cerca de casa por falta de presupuesto y el momento inolvidable nos salga bien de precio. En cualquier caso, esos momentos inolvidables siempre dan la impresión de haber sido pensados y planteados estéticamente por un director artístico dotado de un gran talento.
         Claro que las vacaciones no sólo abundan en momentos de absoluta perfección. También son ricas en momentos grotescos y pequeños contratiempos. Nuestras maletas se extravían, nuestro avión se retrasa, el tren se detiene sin motivo aparente, no tenemos habitación en el hotel donde estábamos convencidos de haber hecho una reserva, nos roban la cartera, la tarjeta de crédito se empeña en no funcionar, nos extraviamos en la noche, se nos pincha una rueda o, por culpa del idioma, no hay forma humana de entenderse con los nativos y los malentendidos se multiplican como los conejos. Lo bueno de estas pequeñas tragicomedias es que dan para animar unas cuantas sobremesas y hacer mearse de risa a nuestros amigos. Los momentos de mágica felicidad nos cargan las pilas y recordarlos nos ayuda a enfrentarnos a la rutina o a la adversidad, pero, en cambio, contarlos es bastante aburrido y se acaba enseguida. Sin embargo, las escenas grotescas y los desastres suelen resultar de lo más entretenidos cuando uno los recuerda.
         Así que ya saben: tienen por delante todo un verano para cosechar y coleccionar momentos mágicos y escenas tragicómicas que harán las delicias de usted y sus amigos cuando finalicen las vacaciones.


Mercedes Abad

domingo, 8 de junio de 2014

AMISTADES DE VERANO

Cada verano hacemos, a veces lejos de nuestros países, nuevas amistades. Si viajamos en grupo, es lógico que surjan relaciones de simpatía –o de antipatía, ay- con nuestros compañeros de viaje. Al fin y al cabo, convivimos durante unos cuantos días y, entre monumento y monumento, o entre excursión a la sabana y visita a los poblados, se producen siempre esos momentos más contemplativos y relajados –las comidas, las cenas, las largas horas de transporte- que nos permiten echar unas risas o atizarnos el relato de nuestras vidas, en versión resumida o en veintisiete volúmenes.
         Pero no sólo adquiere nuevas amistades quien viaja en grupo. También quien deambula solo por el mundo y los que lo hacen en pareja cultivan la amistad con los desconocidos con quienes el azar los reúne en la sala de espera de un aeropuerto, o en medio de una violenta tormenta tropical. Ni siquiera los recién casados, tan ávidos de intimidad y romanticismo o quizá algo decepcionados ya –quién sabe- de su incipiente matrimonio se libran de esos contactos sociales con sus ocasionales compañeros de viaje.
         En general, más que amistades propiamente dichas, se trata de breves chispazos de intensa afinidad que quizá no vayan más allá de una conversación en un tren, memorable, eso sí, o de un par de noches locas alrededor de una mesa, sin límites horarios, ya que al día siguiente no hay que trabajar y, por lo tanto, uno puede dedicarse tranquilamente a cambiar el mundo y a hacer los honores de los vinos y licores de la tierra hasta que el sol salga por el horizonte. Qué importa que al día siguiente una espantosa resaca nos convierta en piltrafas humanas incapaces de producir pensamiento inteligente si lo único que tenemos que hacer es arrastrarnos hasta la playa y gozar del sol y el mar. Sin embargo, quizá porque disponemos de tiempo y el ocio nos relaja, esas relaciones amistosas alcanzan a veces un grado asombroso de intensidad, y entonces bendecimos el azar que nos hizo coincidir y nos juramos eterna amistad, convencidos de que seguiremos viéndonos cuando, acabadas las vacaciones, cada cual regrese a su ciudad de origen. Intercambiamos, por supuesto, teléfonos, direcciones y tarjetas personales con tanta fe como si fueran objetos de devoción capaces de atarnos para siempre a esos amigos estupendos. Y nos entregamos a emotivas despedidas, llenas de abrazos y ardientes promesas de inminentes reencuentros.
         Luego, de regreso a nuestros lugares de residencia, la realidad se impone. Al principio nos escribimos correos con los nuevos amigos y los incorporamos a las redes sociales de las que formamos parte, y seguimos renovando nuestras vehementes promesas de algún próximo reencuentro.
Y en ocasiones, hasta cumplimos nuestras promesas y vamos a pasar un fin de semana a su casa o vienen ellos a la nuestra. Pero con el tiempo y la distancia, la pasión se apaga casi siempre, y lo que alguna vez creímos relación estable no llega a superar el efímero ligue.
Me pregunto incluso si no será precisamente la falta de futuro de esas relaciones lo que hace que a menudo sean tan intensas y tan gratificantes. Quizá de forma inconsciente sabemos que no tendremos que hacerles un hueco en nuestra agenda a estos nuevos amigos, que podemos entregarnos libremente al disfrute porque jamás habrá enojosas contrapartidas, ni llegaremos a conocernos tanto como para cabrearnos, hacernos rabiar y soltarnos cuatro verdades desagradables a la cara. Así que ya saben: aprovechen el verano para contar sus rollos de siempre a oídos vírgenes y explorar, como quien tiene una aventura extramatrimonial refrescante, el placer de la amistad.


Mercedes Abad

domingo, 6 de abril de 2014

VERANO Y LECTURA

No sé ustedes, pero yo soy una optimista incurable. Y eso que llevo ya en el planeta Tierra el tiempo suficiente como para no ser exactamente una ilusa y haber aprendido un par de cositas. Sin embargo, cuando cada verano me voy de vacaciones, en mis maletas viajan, entre jerseys y trajes de baño, cinco o seis libros que pesan lo suyo y dificultan notablemente la operación de cerrar las maletas. La mitad de esos libros suelen ser gruesos volúmenes, de muchísimas páginas, que durante la temporada invernal he ido dejando de lado por falta de tiempo y diciéndome, con enternecedora sinceridad: «Ya lo leeré en verano».
         Habida cuenta de la falta de espacio y también, cómo no, de mi indecisión patológica, elegir los libros que vendrán conmigo (lo que implica desechar docenas de candidatos que me persiguen con sus miradas tiernas e implorantes) es siempre una operación complicadísima y de vital importancia, que me pone tan nerviosa como si, en lugar de marcharme tres o cuatro semanas, fuera por fin a instalarme de forma definitiva en una isla desierta por el resto de mis días y sin acceso a Internet.
Por un lado reclaman mi atención los Grandes Clásicos que debería haber leído (y que probablemente alguna vez habré fingido haber leído ya), pero aún no he leído. Por otro lado están las novedades de las que todo el mundo habló durante la temporada, que quizá incluso suscitaron apasionadas polémicas y a las que no tuve tiempo de asomarme. También están, desde luego, los libros de más de seiscientas páginas que durante el curso me dieron una pereza inmensa por su disuasiva longitud, pero que ahora vuelven a tentarme desde los anaqueles. Y, por supuesto, también me hacen señales los libros que más ganas tengo de leer al margen de los dictados de la moda o de mi Conciencia de Culpa Cultural (en adelante C.C.C.). Total, que entre una cosa y otra, decidirme es una experiencia horrorosa. Encima, suelo cambiar de opinión en el último momento y, en lugar de la selección equilibrada y racional (un Gran Clásico como concesión a mi C.C.C., que a lo mejor llevaba años ya dándome la lata para que lo leyera, una novedad palpitante que suscita mi curiosidad si bien no estoy del todo segura que vaya a gustarme, un libro gordo y dos o tres más delgaditos), meto en las maletas lo primero que se me ocurre para arrepentirme invariablemente de mis pecados en cuanto el avión ha despegado ya o el coche está demasiado lejos de casa como para retroceder.
Afortunadamente y contra lo que todo el mundo parece creer y proclamar, en verano se lee poquísimo, sobre todo comparado con lo que esperábamos leer. Si uno va a la playa, por ejemplo, más que leer lo que consigue es, básicamente, rebozar el libro en cuestión en agua, sal, arena y cosméticos con distinto factor de protección solar que dejan manchas grasientas en todas las páginas. Los libros que sobreviven al azote de la playa merecerían ser expuestos todos juntos en vitrinas aparte, con sus heridas a la vista y letreritos que pusieran: Corfú, agosto del 99, o Ibiza, julio del 77.  
Pero si uno se va a hacer una ruta por la India, Nigeria o la selva venezolana todavía lee menos porque llega a la cama tan agotado después de las caminatas del día que bastan dos o tres páginas para sumirlo a uno en un dulce y profundo sueño del que, encima, tendrá que despertarse temprano, pues a la mañana siguiente lo aguardan nuevas y emocionantes peripecias y paisajes lo bastante exóticos como para que, aún durante los numerosos traslados de un sitio a otro, uno prefiera contemplarlos a sumergirse en las páginas de El Quijote.

Así que, resignémonos: donde mejor se lee es en la propia casa, en nuestra butaca favorita o tumbados en el sofá, y el otoño, el invierno y la primavera suelen ser las estaciones en que leemos más, por mucho que en verano llenemos las maletas de gordos e imprescindibles volúmenes que nos acompañarán en nuestro crucero por el Nilo. Claro que, a nuestro regreso, por el solo hecho de haber cargado con ellos hasta el otro extremo del mundo, a veces tenemos casi la impresión de haberlos leído. O de haber pagado un peaje a nuestra Conciencia de Culpa Cultural.

lunes, 3 de marzo de 2014

La niña gorda

Es inminente la aparición mi próximo libro.
Espero que lo disfrutéis.


sábado, 8 de febrero de 2014

SILENCIO

El otro día, en el céntrico y ruidoso barrio donde vivo se produjo un silencio tan misterioso y anómalo que, en lugar de felicitarme por mi buena suerte y seguir leyendo, salí al balcón a ver si se había producido un holocausto nuclear y por casualidad yo era la única superviviente.
         Quizá algún lector pensará que exagero, pero no. Esa misma mañana, el club de amigos del tambor que tiene su domicilio dos puertas más allá de mi casa había estado ensayando, como casi todos los fines de semana, de modo que durante un par de horas yo no sólo no había podido leer, escribir o, sencillamente pensar, sino que incluso me resultaba difícil hablar por teléfono.
Pero aunque los amigos del tambor descansen, en mi barrio siempre hay ruidos para todos los gustos. Cuando los tambores callan, las bocinas de los coches atascados amenazan mi cordura y agitan mis instintos asesinos. A veces he acariciado muy seriamente la posibilidad de tirarles tomates o incluso algo más duro y letal a los coches, pero me disuade el hecho de tener la absoluta certeza de que en mi país la propiedad privada (y un coche es una propiedad privada) es mucho más importante que el derecho al silencio de los ciudadanos y que la ley antes protegería a un tipo con el coche abollado que a una ciudadana a punto de volverse loca por culpa de los conductores que tocan la bocina.
Pero cuando los tambores y los coches se callan tampoco significa necesariamente que vaya a producirse el deseado silencio, porque en mi barrio las calles son estrechas y lo normal es que uno oiga tres o cuatro músicas distintas compitiendo entre sí. Sin embargo, incluso en el supuesto de que esas músicas enmudecieran, quedarían las conversaciones a gritos que sin cesar tienen lugar bajo mis balcones.
Por eso, al oír el profundo silencio que había la otra tarde pensé que había llegado el fin del mundo. La verdad es que me sorprendió un poco que las Autoridades Divinas me hubieran considerado digna de sobrevivir al Juicio Final precisamente a mí. Y, en efecto, cuando salí al balcón, el panorama que me saludó era de lo más atípico. No sólo no había coches circulando por la calle, sino que, por no haber, ni siquiera se veía un alma por parte alguna. Como, encima, había hecho un día de sol espléndido y la temperatura en esos momentos debía de rondar los veinte grados, es decir, el tipo de clima que empuja a todo el mundo a salir a la calle, me dije que por fuerza tenía que haber gato encerrado. Y el silencio, cada vez más misterioso, no cesaba. Me pregunté dónde estarían los niños que suelen jugar a la pelota en la calle todas las tardes de domingo. ¿Se habían puesto de acuerdo para quedarse en casa haciendo los deberes?
Estaba preguntándome ya si no me había vuelto sorda por culpa de los frecuentes ensayos de los amigos del tambor cuando, después de un silencio palpable y lleno de tensión, la ciudad entera pareció estallar en un repentino clamor. Aunque no entendí lo que gritaban mis enloquecidos vecinos, en el acto comprendí que el Barça acababa de meter un gol. Por supuesto, eso lo explicaba todo. Ni yo estaba sorda, ni las Autoridades Divinas habían decidido que ya era hora de intervenir en este mundo loco ni el resto de la humanidad había decidido ponerse a leer un libro precisamente esa tarde. La explicación era incluso bastante sencilla: el Barça se jugaba el campeonato y toda la ciudad contenía el aliento frente al televisor, pues el fútbol es lo único capaz de enmudecer y hacer gritar al mismo tiempo a un millón de personas.

El griterío me dio un poco de envidia, la verdad. Porque, ese mismo día, yo había hecho una paella espléndida y también me habría merecido una buena ovación. Así que tomé una decisión, preparé mi grabadora y me quedé al acecho, junto al balcón, mientras la ciudad volvía a hundirse en un profundo silencio. Y, en efecto, cinco minutos después volvía a estallar un nuevo clamor, más fuerte si cabe que el primero. Era el segundo gol, por supuesto. Con rápidos reflejos, salí al balcón y grabé la ovación atronadora. Así, la próxima vez que haga algo bien, me recompensaré a mí misma con unos segundos de aplauso popular.

lunes, 30 de diciembre de 2013

LA VIDA DE LAS PALABRAS

Las palabras son como los actores. De repente, una palabra que llevaba mucho tiempo haciendo su trabajo sin que nadie se fijara demasiado en ella deja de ser una trabajadora anónima de la lengua para convertirse en la gran sensación de la temporada y en la estrella absoluta de todas las conversaciones. Del mismo modo que en el momento de su máxima gloria y esplendor, todos querían contratar a Greta Garbo o a Marilyn Monroe y ellas apenas si daban abasto para tantas película como les proponían, cuando una palabra se pone de moda, todo el mundo la invita a todas las fiestas y le da un lugar principal no sólo en las conversaciones privadas, sino también en los periódicos, las radios y las televisiones.
Eso es lo que ha ocurrido recientemente en España con la palabra talante, que antes era una palabra bastante modesta. Como no se la usaba muy a menudo, llevaba una vida más bien discreta y retirada, lejos de los esplendores del poder y de los disparos de los fotógrafos. Sin embargo, el actual presidente del gobierno no sólo la ha puesto de moda, al pretender resumir con ella el espíritu de su mandato, sino que incluso ha alterado sustancialmente su significado, pues si según el diccionario talante quiere decir disposición del ánimo, sin especificar si esa disposición es buena o mala, ahora todo el mundo usa esta palabra como sinónimo de buena disposición, es decir, de buen rollo y de apertura al diálogo relajado y sonriente.
Por eso en la actualidad la palabra talante lleva una vida muy agitada y, como nadie se cansa de pronunciarla, va siempre ajetreada de aquí para allá, saltando de boca en boca sin cesar. Tanto es así que si se hiciera una lista de las veinte palabras más pronunciadas en la España de esta época, no hay duda de que talante estaría en los primeros puestos. Tan ocupada está la pobre palabreja que en realidad ya empieza a mostrar los primeros síntomas de cansancio. El otro día me la encontré por casualidad y, cuando se quitó las gafas de sol que son el signo distintivo de las estrellas, descubrí que aunque todavía se la ve eufórica y rutilante, tiene los ojos rodeados por unas profundas y oscurísimas ojeras y su piel, que ha perdido elasticidad, luce cansada y sin brillo, con minúsculas arruguitas que empiezan a insinuarse aquí y allá. Le dije que por qué no cogía unas vacaciones para descansar un poco de tanta agitación, pero ella contestó que tenía la agenda llenísima de compromisos y apenas le quedaba tiempo para dormir ni, mucho menos, para tomarse un par de días libres. La verdad es que no pude evitar que me diera cierta pena pues intuí que, al igual que les sucede a las estrellas de cine, tarde o temprano la gente empezará a cansarse de ella y a considerar que es una palabra gastada. Entonces otra estrella vendrá a robarle su puesto y será el comienzo de un largo declive. Cuando eso suceda, la palabra talante empezará a caer en desuso, y los que antes la pronunciaban varias veces al día la olvidarán en un rincón polvoriento de sus cerebros, como se olvida uno de un abrigo viejo o de cualquier otra prenda que, sin embargo, en algún momento lo acompañó a uno a todas partes y que, de hecho, parecía una pieza insustituible de nuestro vestuario.

Pero no nos pongamos melancólicos. Aunque es cierto que después de la moda vienen la decadencia y el olvido, también es cierto que las modas están sujetas a ciclos, y que todo acaba regresando más pronto o más tarde. Me apuesto lo que quieran a que la palabra talante desaparecerá del mapa durante un tiempo, por pura saturación, pero luego, quizá dentro de veinte o treinta años, alguien, ya sea un político, un periodista, un literato o una folklórica, la rescatarán del baúl de los recuerdos y volverán a regalársela a las generaciones venideras, para las cuales, en lugar de ser una palabra gastada, renacerá como una palabra nueva, expresiva, llena de sabor y rabiosamente moderna.

marzo de 2005

viernes, 27 de diciembre de 2013

LA VIDA DE LAS PALABRAS


Las palabras son como los actores. De repente, una palabra que llevaba mucho tiempo haciendo su trabajo sin que nadie se fijara demasiado en ella deja de ser una trabajadora anónima de la lengua para convertirse en la gran sensación de la temporada y en la estrella absoluta de todas las conversaciones. Del mismo modo que en el momento de su máxima gloria y esplendor, todos querían contratar a Greta Garbo o a Marilyn Monroe y ellas apenas si daban abasto para tantas película como les proponían, cuando una palabra se pone de moda, todo el mundo la invita a todas las fiestas y le da un lugar principal no sólo en las conversaciones privadas, sino también en los periódicos, las radios y las televisiones.
Eso es lo que ha ocurrido recientemente en España con la palabra talante, que antes era una palabra bastante modesta. Como no se la usaba muy a menudo, llevaba una vida más bien discreta y retirada, lejos de los esplendores del poder y de los disparos de los fotógrafos. Sin embargo, el actual presidente del gobierno no sólo la ha puesto de moda, al pretender resumir con ella el espíritu de su mandato, sino que incluso ha alterado sustancialmente su significado, pues si según el diccionario talante quiere decir disposición del ánimo, sin especificar si esa disposición es buena o mala, ahora todo el mundo usa esta palabra como sinónimo de buena disposición, es decir, de buen rollo y de apertura al diálogo relajado y sonriente.
Por eso en la actualidad la palabra talante lleva una vida muy agitada y, como nadie se cansa de pronunciarla, va siempre ajetreada de aquí para allá, saltando de boca en boca sin cesar. Tanto es así que si se hiciera una lista de las veinte palabras más pronunciadas en la España de esta época, no hay duda de que talante estaría en los primeros puestos. Tan ocupada está la pobre palabreja que en realidad ya empieza a mostrar los primeros síntomas de cansancio. El otro día me la encontré por casualidad y, cuando se quitó las gafas de sol que son el signo distintivo de las estrellas, descubrí que aunque todavía se la ve eufórica y rutilante, tiene los ojos rodeados por unas profundas y oscurísimas ojeras y su piel, que ha perdido elasticidad, luce cansada y sin brillo, con minúsculas arruguitas que empiezan a insinuarse aquí y allá. Le dije que por qué no cogía unas vacaciones para descansar un poco de tanta agitación, pero ella contestó que tenía la agenda llenísima de compromisos y apenas le quedaba tiempo para dormir ni, mucho menos, para tomarse un par de días libres. La verdad es que no pude evitar que me diera cierta pena pues intuí que, al igual que les sucede a las estrellas de cine, tarde o temprano la gente empezará a cansarse de ella y a considerar que es una palabra gastada. Entonces otra estrella vendrá a robarle su puesto y será el comienzo de un largo declive. Cuando eso suceda, la palabra talante empezará a caer en desuso, y los que antes la pronunciaban varias veces al día la olvidarán en un rincón polvoriento de sus cerebros, como se olvida uno de un abrigo viejo o de cualquier otra prenda que, sin embargo, en algún momento lo acompañó a uno a todas partes y que, de hecho, parecía una pieza insustituible de nuestro vestuario.
Pero no nos pongamos melancólicos. Aunque es cierto que después de la moda vienen la decadencia y el olvido, también es cierto que las modas están sujetas a ciclos, y que todo acaba regresando más pronto o más tarde. Me apuesto lo que quieran a que la palabra talante desaparecerá del mapa durante un tiempo, por pura saturación, pero luego, quizá dentro de veinte o treinta años, alguien, ya sea un político, un periodista, un literato o una folklórica, la rescatarán del baúl de los recuerdos y volverán a regalársela a las generaciones venideras, para las cuales, en lugar de ser una palabra gastada, renacerá como una palabra nueva, expresiva, llena de sabor y rabiosamente moderna.

Marzo 2005

martes, 24 de diciembre de 2013

LA IRONÍA


Sabemos de buena tinta que la vida va en serio. Sin embargo, parece empeñada en demostrar que es un espíritu travieso y burlón y que le encantan las bromas pesadas. De ahí que se complazca en bombardearnos regularmente con esa fina munición que es la ironía.
A diferencia de lo que sucede con la risa o con el llanto, que son más bien latinos, temperamentales y explosivos y pueden dejarte tan despeinado como si acabaras de sobrevivir a un terrible huracán, la ironía tiene los modales de esos caballeros británicos que en medio del peor de los desastres apenas si levantan una ceja y, por supuesto, jamás se despeinan ni pierden la compostura. La ironía es una bomba silenciosa que nos explota en el cerebro con insidiosa sutileza y deja tan solo en nuestro rostro una sonrisa leve y ambigua como la de la Mona Lisa. De hecho, siempre he sospechado que para provocar esa peculiar sonrisa en la Gioconda, Leonardo debió de contarle alguna de las múltiples y estremecedoras ironías que sin cesar nos regala la cruda realidad.
Entre todas las ironías producidas por la realidad una de las que más me ha impresionado es la historia de la mujer que un día, por desgracia, tuvo muy buena suerte. Ya sé que la frase anterior contiene una extraña paradoja, pero enseguida me explicaré. Resulta que la pobre mujer había ido al bingo y, justo cuando la suerte le sonrió y puso en sus manos un cartón premiado, estaba  comiendo un nutritivo bocadillo de lomo caliente. De modo que en el preciso instante en que, pletórica de alegría y excitación, la mujer gritó «¡Bingo!», tuvo la mala suerte de atragantarse con el pedazo de bocadillo que tenía en la boca y poco después moría asfixiada sin que nadie pudiera hacer nada por salvarle la vida. No sé si sus herederos reclamaron el dinero del premio para pagar el entierro, lo que resultaría, no ya irónico, sino directamente sarcástico.
Sea como fuere, Leonardo no pudo contar a la Mona Lisa esta historia ferozmente irónica, por la sencilla razón de que sucedió en España no hará mucho más de diez años. Sin embargo, pudo muy bien contarle algún episodio parecido, sucedido en su propia época, para provocar la que tal vez sea la sonrisa más célebre de todos los tiempos. Al fin y al cabo, por suerte o por desgracia, los ejemplos de ironía feroz no son precisamente lo que nos falta en este mundo. He aquí otra muestra, esta vez imaginaria aunque plausible: pongamos que, después de soñar en ello durante toda la vida, a un hombre le toca la lotería y, loco de felicidad, se va a la agencia de viajes más cercana para hacer realidad otro deseo suyo: visitar una isla paradisíaca. Una vez en la isla, se halla felizmente entregado a un ocio perfecto, tumbado al borde de un mar resplandeciente, bajo un cocotero, en medio de uno de los paisajes más bellos y voluptuosos del mundo, cuando se produce un fuerte terremoto en el fondo del mar y una ola gigante lo arrebata de la tumbona y acaba con su vida.
Las ironías de la vida nos sitúan de forma perturbadora en un terreno fronterizo entre lo horrible y lo cómico, como si éstos fueran dos vecinos tan bien avenidos que comparten el cuarto de baño y quizá también la cocina. En ese territorio fronterizo donde florece la ironía, las cosas pueden ser ellas mismas y también su contrario. Por eso el momento de mayor buena suerte de tu vida puede convertirse, por obra y gracia de la diabólica ironía, en la tragedia más espantosa que te ha sucedido. De hecho, podría decirse que la ironía brota cuando la comedia y la tragedia se dan la mano, estableciendo así una extraña alianza, un pacto de colaboración que da resultados tan divertidos como crueles y funestos. Y es que la auténtica naturaleza de la realidad reside en la tragicómica paradoja, en la fulminante ironía y en el sarcasmo. De ahí que, enfrentados a las numerosas ironías de la vida, a menudo no sepamos si echarnos a reír o romper a llorar y, para salir del paso, nos limitemos a sonreír como la Gioconda mientras producimos profundas reflexiones sobre la fragilidad que nos convierte en juguetes de fuerzas contra las cuales nada podemos.

Diciembre 2004