domingo, 17 de septiembre de 2017

BENDITO GPS

Permítanme embarcarme en un recuerdo infantil. Mis padres no solían discutir delante de nosotros, sus tiernos retoños. Pero había una excepción. Cuando los domingos íbamos de excursión, nunca se ponían de acuerdo en la dirección que debíamos seguir para alcanzar nuestro destino y entonces empezaba indefectiblemente la gran discusión conyugal. Así, por ejemplo, al llegar a determinado cruce, si mi madre decía que había que tomar a la izquierda, mi padre decía que ni hablar y giraba a la derecha o seguía recto y a mi madre le daba muchísima rabia. Y, cuando nos perdíamos, cosa que sucedía con perversa frecuencia, empezaba el festival de amargos reproches. «¿Ves?, ya te lo he dicho; ¿por qué nunca me haces caso? Por tu culpa siempre nos perdemos y venga a dar vueltas como tontos». La fase de mutuos reproches no duraba mucho, pero lo que venía después era casi peor porque entonces viajábamos en medio de un malhumorado silencio que estropeaba buena parte del placer de la excursión dominical. Y, además, en aquel estado de ánimo mis padres nos pegaban la bronca por cualquier cosa. De modo que, cuando llegábamos, los únicos hartos no eran mis padres, sino también nosotros. Después de dar vueltas y más vueltas, perdidos y con las eternas discusiones acerca de si había que ir a la derecha o a la izquierda, con mi madre que siempre quería preguntar la dirección a algún transeúnte y mi padre que se negaba a preguntar, nunca he entendido por qué, y los largos silencios hostiles, los niños llegábamos fatigados, sedientos, hambrientos y con unas ganas horribles de hacer pipí de una vez.
            Supongo que fue entonces cuando me juré a mí misma que jamás discutiría con el hombre de mis sueños por tonterías de ese tipo. En la vida no siempre es fácil saber lo que uno quiere. En cambio, casi todo el mundo tiene muy claro qué es lo que no quiere. Sin embargo, me avergüenza confesar que no cumplí mi promesa. A mi marido y a mí nos encanta viajar, pero llegar en coche a una ciudad desconocida  siempre ha sido un momento de gran peligro y tensión, capaz de poner a prueba el amor más incondicional y al enamorado más apacible y paciente. «Por aquí». «No, por allá». «Pero, ¿qué dices?, ¿no ves que es por allí?». «¡Pero si acabo de ver un cartel que dice que es por allá!» «¡Pues habérmelo dicho antes, caramba!». Entre la discusión y el estrés del tráfico, siempre conseguíamos llegar al hotel medio peleados y enfurruñados y casi arrepentidos de haber dejado el hogar, dulce hogar. Y tardábamos un buen rato en volver a disfrutar del placer del viaje.
         Pero eso fue hasta la invención del GPS, que son las siglas con las que se conoce el sistema de posicionamiento global inventado para el Departamento de Defensa de los Estados Unidos por Getting y Parkinson, dos científicos que destacaron durante la guerra fría y a quienes todas las parejas deberíamos hacerles un monumento en señal de eterno agradecimiento, pues pocos seres humanos hay en este valle de lágrimas y amargas discusiones que hayan hecho tanto por la paz conyugal y la felicidad de los viajeros. No sólo ya no nos perdemos, en auto o a pie, ni discutimos por la dirección correcta, ni llegamos enfadados a nuestro destino sino que, guiados por la voz suavemente autoritaria del GPS, que tiene algo de niñera de adultos, ya no tenemos que estropearnos la poca vista que nos queda buscando calles y carreteras en los mapas, con lupa y a la luz de las farolas o de los faros del coche. 

martes, 1 de marzo de 2016

BALADA DEL AMA DE CASA

Cómo me gusta limpiar
y dejarlo todo
como los chorros del oro.
Mamparas resplandecientes
sin rastro de goterones,
superficies primorosas,
espejos relucientes
y suelos impolutos
sobre los que el gourmet
más exigente
vendría a merendar.

Me pirra erradicar
las bolas de pelusa
que moran en los rincones
y detrás de las puertas
y sólo salen de sus guaridas
cuando hay corriente de aire.
Entonces, las muy putas
hacen competiciones
para ver cuál corre más
y cuál llega más lejos
en su afán de ver mundo.
Por suerte yo estoy ahí
frenando sus ambiciones.

Aunque recoger pelos
con la única herramienta
de mis propios deditos
es entre todas mis cruzadas
la más gratificante
porque no se acaba nunca.
Recoges uno, recoges dos,
pelo a pelo, y otro más,
con absoluto fervor
y dedos temblorosos
de la más pura emoción
y en ese preciso instante,
de tu larga melena
otro pelo se escapa
más largo y grueso aún.

Heroica como Sísifo,
(¿Qué digo?
Sísifo a mi lado
era un aprendiz.)
armada de bayetas,
escobas y piruletas,
cubos, mochos y esponjas,
estropajos, cepillos
y tóxicos detergentes
fatalmente adictivos,
cuyas emanaciones
me embriagan un poco,
escruto mi nuevo piso
mi suelo nuevo
mis baldosas y mis puertas nuevas
mis espejitos nuevos
mis pilas nuevecitas
mis cristaleras nuevas
con todo ese paisaje
que se despliega detrás y
que un atisbo de mugre
podría contaminar
atenta a la menor mácula,
ferozmente feliz al descubrir
una miga, una mancha,
un goterón, una pelusa, un hilo,
un bicho despanzurrado
contra una ventana,
un cerco de grasa
en una superficie
o un pegajoso resto
de comida
en el suelo de la cocina.

Cuando no sé qué hacer,
cuando empiezo a aburrirme
o cuando mis pensamientos
son la peor tortura,
no hay nada como lanzarme,
papel de cocina en mano
y una dosis generosa
del bueno de Vitroclen
(Power Cream,
único recomendado
por Balay y por Siemens,
AEG, Teka y Bosch),
a limpiar la vitrocerámica
frotando y restregando
y volviendo a frotar
con energía y pasión.

Sí, sí, ríanse
mientras puedan
de mis vicisitudes,
adictos del futuro.
Yo también me burlaba
sin el menor recato
de las neurasténicas devotas
de la escoba y el mocho,
pero desde que he estrenado piso,
tan flamante y tan nuevo
tan en primera línea,
tan requete tan tan,
el Tenn y el KH7,
el Viakal y el Glassex
son mis aliados
y limpiando exulto
y briosamente corro
sin corcel y sin potra
ni nardos ni caracolas
tras una mota de polvo
y, si caigo en depresión,
en vez de ir al psiquiatra,
agito mis dos plumeros

y vuelvo a levitar.

jueves, 16 de julio de 2015

CUANDO NADIE NOS VE

No hay duda de que somos animales sociales. La especie humana, desde el hombre de las cavernas al ciudadano tecnológico de hoy en día, necesita a su amado prójimo para mil y una cosas, tanto para construir piedra a piedra una catedral gótica, una pirámide o un rascacielos como para relajarse después de la dura jornada laboral tomando una cervecita, jugando una partida de cartas, comentando las incidencias del día con los amigos o disfrutando de una estimulante sesión de gimnasia erótica en buena compañía.
         Contemplados en grupo, somos formidables: seres esencialmente comunicativos y llenos de ingenio y curiosidad que han inventado sistemas muy complejos y admirables para satisfacer una necesidad básica de contarse cosas: ahí están las lenguas, los libros, el teléfono móvil, la música y el arte, los periódicos, la radio, el cine, Internet, las redes sociales y la televisión. Y más cosas que me dejo para no fatigar a los lectores con un inventario interminable.
         Sin embargo, fatalmente llega el momento en que los otros desaparecen del escenario de nuestra vida cotidiana o nos escabullimos nosotros y, al quedarnos solos, nos quitamos las máscaras que hemos utilizado para seducir, convencer o dominar a nuestros semejantes. De regreso a su hogar, la mujer más seductora del mundo se quita el maquillaje, se aplica una mascarilla verde en la cara que la hace parecer un monstruo procedente de un remoto planeta, se coloca rulos en el pelo y, tras despojarse de sus voluptuosas ropas, se pone una bata y unas zapatillas y luego se echa en el sofá a ver cualquier tontería en la televisión. Viéndola así, cuesta creer que acapare las portadas de las mejores revistas y que le paguen auténticas fortunas por asistir a fiestas y por anunciar tal o cual producto. Es más: podría quitarle a alguien el hipo de un susto morrocotudo. Entretanto, un poderoso magnate regresa a su casa después de un agotador viaje en la primera clase de un avión intercontinental. Como la mujer más bella del mundo, está solo en su casa. Se prepara un relajante baño de burbujas y, una vez en el agua, hace por fin lo que lleva un buen rato deseando pero, rodeado de gente, no se ha atrevido a hacer: hurgarse la nariz. Lo hace con tal entrega y abandono, con tal seriedad y tan apasionada dedicación, que habría que ser un monstruo sin corazón y sin entrañas para no conmoverse al cazarlo en un gesto tan humano. Pero la bella y el magnate no son los únicos que están a solas y se han quitado sus amables y civilizadas máscaras de animales sociales. También el gastrónomo o el cocinero de élite, a solas en sus cocinas, se hacen un vulgar bocadillo de sardinas en lata o un par de huevos fritos que comen con ruidosa ansiedad, engullendo como jamás lo harían en presencia de sus congéneres. Para no ser menos que ellos, el ser más espiritual y delicado del mundo, que lee tumbado en la cama poemas de Rainer Maria Rilke o quizá algún sesudo ensayo de un filósofo, se tira un pedito y aspira el olor con la misma fruición que si fuera el nuevo perfume de algún diseñador. ¿Por qué no? Al fin y al cabo, está solo y nadie se ve obligado a soportar su ventosidad.
Quizá sea ese el precio de vivir en sociedad. Llevar una máscara educada y respetable resulta cansado a muy corto plazo y de vez en cuando todos necesitamos batirnos en retirada y cortar nuestra relación con el resto del mundo. Ahí, metidos en nuestras trincheras, a solas con nosotros mismos y sin incómodos testigos, todos gozamos del sencillo placer de hacer ciertas cosas que jamás haríamos en presencia de nadie, desde eructar a rascarnos de forma inconveniente o mirarnos al espejo de frente y de perfil escondiendo la barriga. Y el que diga que no, no es más que un mentiroso.

Mercedes Abad 

domingo, 7 de junio de 2015

APLAUSOS

Hay gestos cotidianos que todos hemos repetido centenares de veces a lo largo de nuestras vidas y que, sin embargo, conservan cierto hálito de misterio. El aplauso, por ejemplo. ¿Quién sería y en qué situación se encontraría el primero que palmeó sus manos para manifestar su alegría? Todos sabemos que los griegos ya aplaudían para mostrar su aprobación a una obra de teatro y que el emperador Nerón había llegado a contratar a 5000 personas para que aplaudieran sus intervenciones públicas. Durante un tiempo, también en las iglesias cristianas la congregación agitaba sus ropas para aclamar los sermones y, en pleno siglo XX, los teatros aún contrataban personas que, repartidas estratégicamente por la sala, aplaudían para animar al resto del público a unirse a ellos. Pero, ¿aplaudían ya los mujeres y los niños de las cavernas para mostrar su regocijo cuando los hombres cachas de la tribu aparecían con algún animal recién cazado que aseguraba la subsistencia durante unos cuantos días? ¿O bien tan sólo empezaron a aplaudir después de probar el primer bocado del nutritivo y suculento plato que la abuelita cocinaba con la pieza cazada? A mí me gusta imaginar que quizá el primer aplauso, y la primera ovación, surgió cuando algunos de los cazadores, el más dotado para la palabra o el más histriónico, se animó a relatar después de la cena, en la sobremesa, la emocionante cacería y cautivó a sus oyentes, que prorrumpieron en un aplauso clamoroso.
         Sea como fuere, no hay más que ver a los bebés y los chimpancés dando alegres palmadas con absoluta espontaneidad para darse cuenta de que el aplauso es una de nuestras costumbres más primitivas y antiguas. Pero si aplaudir es una necesidad fundamental de ciertos animales, el afán de que lo aplaudan a uno puede convertirse en un deseo obsesivo que impulsa a algunos a cometer las mayores audacias y las mayores locuras. ¿Qué no habrá hecho la humanidad para conseguir un poco de aplauso? Yo sospecho, en realidad, que las más excelsas de nuestras creaciones y nuestros más importantes descubrimientos tenían por objetivo último y a menudo inconfesable, por obvio e infantil, escuchar ese ruido que quizá sea la música más embriagadora de cuantas produce el universo. Ya lo decía Jaime Gil de Biedma en su magistral poema No volveré a ser joven: “Como todos los jóvenes/ yo vine a llevarme la vida por delante/ Dejar huella quería/ y marcharme entre aplausos”.
         En ese sentido, los políticos, los músicos, los actores y algunos pilotos de aviación nos llevan la ventaja al resto de los mortales, pues ellos son los únicos a quienes se aplaude al término de su actuación. Los demás tenemos que contentarnos con aplausos metafóricos. Claro que en España subsiste la costumbre de hacer regalos a ciertos profesionales. Los médicos, por ejemplo, reciben por Navidad montones de regalos, entre los cuales destaca el jamón, que es una versión quizá más materialista y sabrosa del aplauso, pero que a diferencia de éste, no sólo engorda el ego y la vanidad, sino también el cuerpo mortal, que luego debe flagelarse con crueles dietas para recuperar la cintura.
         Consolémonos pensando que quienes disfrutan a menudo la embriaguez del aplauso también corren el peligro de sufrir el abucheo, los silbidos de rechifla y el lanzamiento vejatorio de objetos diversos, desde tomates a huevos pasando por los diferentes tipos de hortalizas y frutas, sin olvidar el pastel de nata o de merengue o, más recientemente, el lanzamiento de zapatos. Porque, como señala el dicho popular, siempre nos quedará el derecho al pataleo.


Mercedes Abad  

domingo, 1 de marzo de 2015

ORIGINALIDAD

Yo siempre me he considerado una persona única, capaz de producir ideas maravillosamente originales. Pero sospecho que no soy la única. Seguro que también usted, querido lector, se tiene a sí mismo por alguien único y original. Es más: estoy convencida de que el 99,9% de los seres que hemos pisado este planeta a lo largo de la historia de la humanidad creemos (aunque en público lo neguemos) que somos únicos y originales.
            Por eso, cuando dos mujeres que se cruzan casualmente por la calle o, peor aún, en la alfombra roja de los Oscar de Hollywood, descubren que llevan el mismo vestido, aunque ambas tengan un gran sentido del humor, lo más probable es que a las dos les fastidie la coincidencia. Seguro que disimulan el fastidio con una sonrisa de circunstancias, sobre todo si son actrices, pero la primera reacción, la auténtica, sin duda será de disgusto. Lo mismo sucedería con dos caballeros que en el gimnasio descubrieran que llevan el mismo tatuaje en el mismo lugar. Uno pretende ofrecer al mundo una imagen singular y resulta que no es ni mucho menos el único, qué disgusto.
            Así las cosas, a nadie debe sorprender mucho lo que a continuación contaré.
A veces es muy difícil poner título a un libro, y más aún si es un libro de cuentos, porque entre los títulos individuales de los cuentos no siempre hay uno que sea lo bastante representativo de todo el volumen y lo bastante «sonoro» y atractivo como para emplearlo para el libro entero. Según mi experiencia, o bien el título del libro está claro desde el principio, o bien cuesta un montón de noches de insomnio, y no pocas discusiones con el editor, encontrar un buen título. Pero ya desde antes de empezar a escribir mi último libro, cuando aún no sabía si serían cuentos o una novela, tenía clarísimo el título: La niña gorda. En realidad, era lo único que tenía muy claro. Tan claro lo tenía que ni siquiera lo mantuve en secreto. No sólo me parecía un título único y original, sino perfecto para mi libro, que no podía haberse titulado de ninguna otra manera. Ni siquiera me preocupaba que alguien pudiera plagiármelo porque me parecía que el único libro capaz de responder a las expectativas sugeridas por el título era, por supuesto, el mío.
            Tan íntimamente convencida estaba de la originalidad de mi título que en ningún momento se me ocurrió buscarlo por Internet, por si acaso alguien lo hubiera utilizado antes. Tampoco a mi  representante ni a mi editor se les ocurrió hacerlo. Imaginen mi sorpresa cuando, hace unas semanas, descubrí por casualidad, como se hacen la mayor parte de los descubrimientos, que Santiago Rusiñol, un pintor y escritor nacido como yo en Barcelona y muy conocido en Cataluña, había escrito una novela titulada La niña gorda… ¡en 1914! Nada más ni nada menos que cien años antes de la publicación de mi libro. Me quedé petrificada, con la sangre helada en las venas. Y aún ahora no puedo dejar de preguntarme: si un título como ese, que tan indiscutiblemente mío me parecía, se lo he copiado a otro sin saberlo, ¿cuántas de nuestras ideas supuestamente originales son nuestras de verdad? ¿Hacemos algo más que quitar el polvo de ideas producidas por otros hace mucho tiempo y presentarlas, ilusos de nosotros, como si fueran recién nacidas, y nosotros sus orgullosos papás?
            Por suerte los herederos de Santiago Rusiñol, o bien no se han enterado de mi plagio involuntario, o bien no han querido denunciarme. ¿O es que acaso Santiago Rusiñol tenía dotes de vidente y fue él quien, mirando en su bola de cristal, vio que justo cien años después una mujer publicaría un libro titulado La niña gorda y fue él quien me robó el título a mí? Quédense ustedes con la opción que más les guste, pero yo, que detestaría tener al fantasma de Rusiñol enfadado conmigo y haciéndome Poltergeist, me voy ahora mismo a poner flores en su tumba. Aunque sólo sea por la lección que me ha dado sobre mi originalidad.


Mercedes Abad  

martes, 16 de septiembre de 2014

Momentos inolvidables

El verano y las vacaciones suelen ser ricos en momentos inolvidables. Pasado el tiempo, esos momentos se convertirán en las estrellas de Hollywood de nuestra memoria, pues también en nuestros recuerdos existen clases sociales. Nuestro pasado está lleno de momentos pobres, cutres, mezquinos, miserables o directamente espantosos, que tratamos de olvidar a toda costa, y momentos magníficos, estelares, luminosos: momentos vestidos de Chanel o de Yves Saint Laurent que pasean su encanto y su glamur por la alfombra roja del Festival de la Memoria.
         Todos atesoramos esa clase de instantes mágicos y aunque es obvio que no todos suceden en verano, pues por suerte la felicidad puede atacarte por sorpresa en cualquier momento del año, las vacaciones parecen el momento más propicio del año para cosecharlos. Ociosos y relajados, en lugar de quedarnos dormidos frente a la televisión a las diez de la noche porque el trabajo nos ha dejado agotados, nos paseamos a medianoche bajo un cielo estrellado contando estrellas fugaces que parecen atravesar el firmamento sólo para nosotros. O vemos salir del mar una luna roja como la sangre desde la azotea de un hotel en Estambul. O nos bañamos a medianoche, completamente desnudos, en un mar liso como un espejo y luego corremos chillando de felicidad por la arena como si tuviéramos cinco años. O nos tomamos un cóctel mirando una puesta de sol como si fuera la primera vez en nuestra vida que vemos una puesta de sol. O nos entregamos a una lectura fascinante, suavemente mecidos por la oscilación de una hamaca. O descubrimos un pequeño y encantador restaurante lejos del mundanal ruido, hincado en lo alto de un acantilado o bajo la deliciosa sombra de una parra, y allí, entre el paisaje y la compañía, el vino y la comida, alcanzamos niveles casi insoportables de felicidad y nos preguntamos por qué diablos no ha de ser siempre así nuestra vida.
         A esos momentos los llamo yo Terapia de Belleza. No importa que nos hayamos ido a la otra punta del mundo y hayamos pagado una pequeña fortuna por encontrarnos allí o estemos cerca de casa por falta de presupuesto y el momento inolvidable nos salga bien de precio. En cualquier caso, esos momentos inolvidables siempre dan la impresión de haber sido pensados y planteados estéticamente por un director artístico dotado de un gran talento.
         Claro que las vacaciones no sólo abundan en momentos de absoluta perfección. También son ricas en momentos grotescos y pequeños contratiempos. Nuestras maletas se extravían, nuestro avión se retrasa, el tren se detiene sin motivo aparente, no tenemos habitación en el hotel donde estábamos convencidos de haber hecho una reserva, nos roban la cartera, la tarjeta de crédito se empeña en no funcionar, nos extraviamos en la noche, se nos pincha una rueda o, por culpa del idioma, no hay forma humana de entenderse con los nativos y los malentendidos se multiplican como los conejos. Lo bueno de estas pequeñas tragicomedias es que dan para animar unas cuantas sobremesas y hacer mearse de risa a nuestros amigos. Los momentos de mágica felicidad nos cargan las pilas y recordarlos nos ayuda a enfrentarnos a la rutina o a la adversidad, pero, en cambio, contarlos es bastante aburrido y se acaba enseguida. Sin embargo, las escenas grotescas y los desastres suelen resultar de lo más entretenidos cuando uno los recuerda.
         Así que ya saben: tienen por delante todo un verano para cosechar y coleccionar momentos mágicos y escenas tragicómicas que harán las delicias de usted y sus amigos cuando finalicen las vacaciones.


Mercedes Abad

domingo, 8 de junio de 2014

AMISTADES DE VERANO

Cada verano hacemos, a veces lejos de nuestros países, nuevas amistades. Si viajamos en grupo, es lógico que surjan relaciones de simpatía –o de antipatía, ay- con nuestros compañeros de viaje. Al fin y al cabo, convivimos durante unos cuantos días y, entre monumento y monumento, o entre excursión a la sabana y visita a los poblados, se producen siempre esos momentos más contemplativos y relajados –las comidas, las cenas, las largas horas de transporte- que nos permiten echar unas risas o atizarnos el relato de nuestras vidas, en versión resumida o en veintisiete volúmenes.
         Pero no sólo adquiere nuevas amistades quien viaja en grupo. También quien deambula solo por el mundo y los que lo hacen en pareja cultivan la amistad con los desconocidos con quienes el azar los reúne en la sala de espera de un aeropuerto, o en medio de una violenta tormenta tropical. Ni siquiera los recién casados, tan ávidos de intimidad y romanticismo o quizá algo decepcionados ya –quién sabe- de su incipiente matrimonio se libran de esos contactos sociales con sus ocasionales compañeros de viaje.
         En general, más que amistades propiamente dichas, se trata de breves chispazos de intensa afinidad que quizá no vayan más allá de una conversación en un tren, memorable, eso sí, o de un par de noches locas alrededor de una mesa, sin límites horarios, ya que al día siguiente no hay que trabajar y, por lo tanto, uno puede dedicarse tranquilamente a cambiar el mundo y a hacer los honores de los vinos y licores de la tierra hasta que el sol salga por el horizonte. Qué importa que al día siguiente una espantosa resaca nos convierta en piltrafas humanas incapaces de producir pensamiento inteligente si lo único que tenemos que hacer es arrastrarnos hasta la playa y gozar del sol y el mar. Sin embargo, quizá porque disponemos de tiempo y el ocio nos relaja, esas relaciones amistosas alcanzan a veces un grado asombroso de intensidad, y entonces bendecimos el azar que nos hizo coincidir y nos juramos eterna amistad, convencidos de que seguiremos viéndonos cuando, acabadas las vacaciones, cada cual regrese a su ciudad de origen. Intercambiamos, por supuesto, teléfonos, direcciones y tarjetas personales con tanta fe como si fueran objetos de devoción capaces de atarnos para siempre a esos amigos estupendos. Y nos entregamos a emotivas despedidas, llenas de abrazos y ardientes promesas de inminentes reencuentros.
         Luego, de regreso a nuestros lugares de residencia, la realidad se impone. Al principio nos escribimos correos con los nuevos amigos y los incorporamos a las redes sociales de las que formamos parte, y seguimos renovando nuestras vehementes promesas de algún próximo reencuentro.
Y en ocasiones, hasta cumplimos nuestras promesas y vamos a pasar un fin de semana a su casa o vienen ellos a la nuestra. Pero con el tiempo y la distancia, la pasión se apaga casi siempre, y lo que alguna vez creímos relación estable no llega a superar el efímero ligue.
Me pregunto incluso si no será precisamente la falta de futuro de esas relaciones lo que hace que a menudo sean tan intensas y tan gratificantes. Quizá de forma inconsciente sabemos que no tendremos que hacerles un hueco en nuestra agenda a estos nuevos amigos, que podemos entregarnos libremente al disfrute porque jamás habrá enojosas contrapartidas, ni llegaremos a conocernos tanto como para cabrearnos, hacernos rabiar y soltarnos cuatro verdades desagradables a la cara. Así que ya saben: aprovechen el verano para contar sus rollos de siempre a oídos vírgenes y explorar, como quien tiene una aventura extramatrimonial refrescante, el placer de la amistad.


Mercedes Abad